Bajo el Infierno
Prefacio
No sé dónde estoy ni sé qué está pasando. Mi cuerpo pesa, como si algo lo arrastrara hacia lo más profundo. Mis párpados, dos piedras imposibles de levantar. La brisa me recorre, cálida... demasiado cálida. Lo único que alcanzo a percibir es un destello rojo, carmesí, que late como si tuviera vida propia.
Siento que estoy recostado sobre algo que cruje. ¿Hojas secas? ¿Huesos? No lo sé. Mis manos rozan ramas quemadas. Apenas soy capaz de mover un brazo. El sueño aún me domina y no logro mantenerme despierto. Un zumbido me desgarra por dentro.
No tengo idea de cuánto tiempo ha pasado. Me desvanecí o simplemente dejé de existir por unos segundos.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el zumbido que perforaba mis oídos ha desaparecido. Un silencio denso, casi opresivo, lo ha reemplazado. Pero el cielo... el cielo está aún más rojo de lo que recordaba. No es un simple tono carmesí, sino un rojo profundo, orgánico, como si estuviera vivo. Late. Se estira y se contrae con cada segundo, como si la bóveda celeste tuviera un corazón latiendo detrás del horizonte.
El aire vibra con cada pulsación. A veces, el rojo se torna púrpura, como un hematoma fresco; otras, se llena de negras vetas que se mueven lentamente, como venas enfermas. Es un cielo herido, agonizante, que arde sin llamas...