No, amor
Las protagonistas que habitan las páginas de Jaramillo, en su afán de tocar el infinito, se dejan poseer por Eros, desplegando sus alas en cielo abierto, sin embargo, caen en picada al fondo del océano. El abismo del amor las condena al naufragio, el ímpetu demoníaco las aliena a hombres narcisistas, violentos, que no saben custodiar la eternidad.
Quizá, todas las narraciones tejidas en No, Amor, consignan un tipo de moraleja existencial, una que puede terminar con el peso que muchas mujeres cargan al consagrarse a expectativas celestiales en una realidad en la que la mayoría está acostumbrada a vivir en el fango, y a construir con palillos sus vínculos con los demás. Un mundo demasiado masculino que desde su voracidad no ama, sino que domina, no perdona, sino que mata.
Quizá las protagonistas que tocan las páginas de Jaramillo enseñan que las mujeres valiosas, a largo plazo deben aceptar que, sólo pueden salvaguardar su propia integridad, si aceptan su condena, si conocen el precio que tiene su propia inteligencia y libertad: el de una valiente soledad. O escrito en palabras más poéticas, las de Jaramillo: “Jaque mate al rey blanco, gana la última partida. La reina, estática en su casilla, mira cómo agoniza su contrario. Está sola de nuevo”.