La sed
Esta historia empieza en un lugar de La Mancha en el que hace miles de años surgió la primera sociedad hidráulica del continente. Mucho tiempo después la sed llenó esas tierras de viñas y olivos. Allí el toro, que representaba al dios de la lluvia, dio paso a las rogativas para pedir agua a San Isidro. No es casualidad que en el Quijote apenas empiece a llover dos veces de manera tan insignificante que Borges no recordaba que en la novela lloviese. La Mancha se estaba secando en tiempos de Cervantes y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Para poder seguir allí, los manchegos ampliaron el olivar y plantaron viñas en Plena Edad de Hielo. España alberga el lugar más árido y también algunos de los más lluviosos de Europa. Es además el país con más grandes presas del continente. Pero historia de nuestra sed empezó en otra parte: en África. A menudo la sed convive con la mala gestión de recursos y el abuso de poder. Nos acompaña y nos empuja desde que un simio se puso en pie. Expulsó a nuestros antepasados del Este de África y los puso cara a cara con los Neandertales en Europa. Nos hizo nómadas y nos hizo sedentarios: nos asentó junto a los pocos ríos caudalosos que quedaban, nos empujó a la agricultura, nos hizo depender de los granos y de la lluvia y nos llevó a inventar el pan y a amotinarnos por él.