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ISBN 978-607-30-8788-9

Naturaleza-libro, universo-texto
Signos y voces de paisajes mayas

Autor:Ruz Sosa, Mario Humberto
Editorial:Universidad Nacional Autónoma de México
Materia:Sociología y antropología
Público objetivo:Profesional / académico
Publicado:2024-03-15
Número de edición:1
Número de páginas:310
Tamaño:17x22.5cm.
Precio:$400
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

El tojolabal que conoce la tradición, sabe que los relámpagos —verdes— son niños que juegan en la bóveda celeste, mientras los rayos adultos —rojos—, trabajan en ella; el maya peninsular no ignora que el altar erigido para celebrar una ceremonia de petición de lluvias, un ch’a cháak, representa los tres estratos del mundo, de allí que sobre la mesa (tierra) se preparen los dones para los señores celestiales, ubicados en el firmamento comunitario que representa la cubierta hecha de ramas y hojas del árbol jabín, al tiempo que, bajo la mesa, se ubican los niños que, a modo de sapos en el Inframundo, croan invocando a las aguas pluviales. Cartillas iconográficas.
Son los mismos planos del cosmos que plasma en un huipil la tejedora tsotsil, a modo de diamantes que, por sus cuatro lados, evocan los puntos cardinales, los solsticios y equinoccios y las cuatro esquinas del mundo y la milpa. Otras, figurarán mitos en torno al maíz, o serpientes —incluso “emplumadas”— asociadas con los rayos, que pueden observarse en textiles kaqchikeles, ixiles y poqomames. Alfabetos y discursos brocados o tejidos.
Mujeres y hombres mayas son capaces de percibir la textura de ciertos vientos, el rumor que producen las alas de petate erizadas de pequeñas navajas de pedernal que porta el Uay pop, ave carnicera, o escuchar ese “ruido de aguas que corren sin hacer ruido”, como expresaba con exquisitez la lengua tseltal hablada en Copanaguastla con el vocablo tzananet. Abecedarios escuchados o palpados.
Es privilegio exclusivo de los mayas interpretar a cabalidad la naturaleza que les rodea; hacerla comprensible, leerla, domesticarla. Porque el paisaje, bien se sabe, es texto susceptible de numerosas lecturas; lecturas que, sabiéndolo o no, se realizan a través de un presente cultural preñado de memoria histórica colectiva

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