Oda perdida
La obra literaria de Gloria Chávez-Vázquez se mueve entre la sutilidad del instante extraviado y la inmortalidad metafórica y deseable de la realidad. Es una obra con un estilo sereno, aunque de una firmeza envidiable, como si las frases levitaran anhelantes en el espacio que ocupan en nuestra mente bastante tiempo después de haberlas descubierto a través de la imaginada o presentida lectura, en un espasmo visionario.
Su poemario Oda Perdida vuelve a sorprenderme por la constancia en la búsqueda del amparo, esta vez a través del verso que alude y elude. Alude a espíritus, elude soledades. Sus multiplicados espíritus nos
acompañan en una ceremonia reveladora, dentro de los espejos como paredes húmedas en los que convierte a las páginas. Son personas aparentes, evocadas como pétalos en una dedicatoria: «A las personas
que mueren en el olvido». Que son las que ella revive, resucita besándolas con sus labios de maga hechizada. Es el primer poemario que Gloria publica, una suerte para el editor; puedo asegurar que los lectores se hallarán frente a una poesía telúrica, vibrante, soleada, que nos sitúa desde las estrofas iniciales en una suerte de festividad del nacimiento, como en aquel verso de José Lezama Lima: «…nacer es
aquí una fiesta innombrable».
Aunque, por breves momentos pareciera un alumbramiento cansado, abatido de antemano, y crítico desde el embrión. Podríamos además suponer una cierta ironía —distinción refinada—, como cuando le sugiere a Don Quijote que salga del libro en ‘El poema de los Sanchos’. O, cuando nos invita a pasear por Nueva York, que es la ciudad que perfiló su vida de extranjera en esa energía que emana de la integración. O, nos conduce a su infancia, transformándonos en niños de nuevo frente a la sublevada inocencia.
«No podía ser otra sino ella, que venía del regreso del futuro…» entonces se describe, o nos describe: «Vistiendo los colores verde-tierra de las ninfas», en ese romance que evocó en mí las orquídeas de Medellín, que al acariciarlas pareciera que palparas la piel fina de las danaides.
Si este poemario fuera una escultura, no hubiera podido esculpirlo otra artista que Camille Claudel, por su tenacidad en el grito acallado, por la resistencia oculta que desvela inextricable denuedo mediante el barro o el bronce, el mármol o la madera. Porque es un libro del que emana el aroma de la buena madera, cuando en sus fibras de ébano llora, y
ríe la memoria: «Son las glorias del ser vivo». Porque sí, se trata de la gloria de estar vivos a través de estos soberbios, majestuosos versos, que resumen la oda encontrada en la sublimación de la pérdida.
Zoé Valdés