El Bastión
Sentí el cañón de la súper en las costillas, antes de abrir el paraguas. Tiré la sombrilla al piso y levanté instintivamente los brazos, enseguida una mano extrajo mi revólver de la sobaquera.
—A la izquierda —me escupió en la oreja uno de los tipos, mientras el otro me obligaba a marchar por la acera con rumbo a la esquina.
Del otro lado de la calle, mis dos jóvenes alumnas eran testigos del plagio, pasmadas, bajo un toldo sucio que las protegía de la incipiente llovizna. Me miraron con los ojos abiertos como canicas grandes, siendo raptado ahí mismo, a la salida de la oficina de la Policía Política.
—Vista al frente, doctor Labre —sopló el tipo, al mismo tiempo que me picaba el costado.