Abrazos nocturnos
I
Hay una mujer bogando en una barca
de hojas frescas.
Sus manos son remanso de agua.
La siguen las estrellas.
Su cabellera es roja y ondula y quema sin herir.
Dios es esa mujer.
Debe serlo,
porque huele a senos
pletóricos de fuego,
a leche sideral,
a abrazos nocturnos
que desvanecen el miedo.
Dios debe ser mujer,
Dios madre
que recoge el tiempo
y lo guarda
en el lecho de un instante
duradero.
Seguro es una mujer trenzándose
en el agua,
sintiendo que ha llegado al paraíso,
que nada más puede esperarse.
Que se ha llegado a puerto,
a ella misma,
a la palabra Dios.
Ethel Krauze